Medios, argumentos y otras carencias

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¿Que rol cumplen los medios? ¿Que pasa con los argumentos? Escribe Nicolás Perdomini (@NPerdomini).

   Pochito entró al bar de la esquina en busca de una cerveza que pudiera combatir el calor que azotaba en la ciudad, y también que tuviera una pizca de capacidad de distender un largo día laboral.

   La noche anterior la selección había empatado, de local, contra uno de los conjuntos más flojos de las eliminatorias. Sumado a eso, el presente del equipo nacional no es del todo bueno.

   A Pochito el fútbol le fascina, como así también otros deportes. El boxeo, por ejemplo. También el tenis, aunque este en menor medida.

   Deseoso de escuchar opiniones y también brindar la suya, fue posando sus orejas en distintas conversaciones.

   “Es un vende humo. Para que se saca tantas fotitos con los jugadores. Se tiene que ir”, escuchó. Él, rápidamente, lo relacionó con el nuevo entrenador, por lo que –impactado- decidió acercarse a la mesa que estaba en el rincón. Tenía curiosidad. ¿Cuál sería el argumento para pedir que se vaya un entrenador nuevo en el cargo? Muchos gritos, ningún argumento. Se espantó.

   Alrededor de las 21 se acercó a la barra a pedir un sándwich clásico de la casa. A su lado se encontraban dos hombres de aproximadamente 40 años y que también hablaban del encuentro de la noche anterior. Creyó que allí podría escuchar ideas y opinar. “Son unos pechos fríos, con los de antes no pasaba. Les falta sangre. ¡Qué mercenarios!”.

   Dada la edad de los hombres, les dio otra oportunidad y siguió escuchando. El confiaba que la experiencia los iba a hacer conversar con claridad y sin emular lo que circulaba en los grandes medios de comunicación. Pero no hubo caso.

   ¡Qué cagada!, rezongó. “¿Desea un café, señor?”, preguntó el mozo. Pocho agradeció, pero decidió irse a su casa.

   Una vez en su hogar, prendió la televisión. Gritos en un canal, muchos más en otro y encuestas tendenciosas en el próximo. La apagó y se dirigió a un estante repleto de libros y revistas. Pensó un rato y estableció que por esa noche, y como en otras tantas, se refugiaría en Panzeri.

   Al menos él, coincidiese o no, lo ahogaría de porqués, le propondría pensar y lo invitaría a criticar y proponer. Un menú que no pudo encontrar en la jornada laborar ni en el bar de la esquina.

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