La gran deuda del River de Gallardo

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¿Por qué al equipo le cuesta tanto mantener cierta continuidad en el buen juego? Escribe Juan Manuel Pereyra (@Juancepereyra).

No caben dudas de que, desde el punto de vista de los resultados, Marcelo Gallardo es uno de los entrenadores más relevantes de la historia de River. Los siete títulos que obtuvo desde que dirige al Millonario, con la Copa Libertadores como logro más importante (también ganó una Copa Sudamericana, dos Recopas Sudamericanas, dos Copas Argentinas y una Copa Suruga Bank), le dieron al Muñeco un respaldo de hinchas y dirigentes que roza la incondicionalidad. Queda claro que se encuentra por encima de la media, y que difícilmente haya una persona más idónea que él para encabezar el ambicioso proyecto de una de las dos instituciones más importantes del fútbol argentino. Sin embargo, también es justo puntualizar que el ideal de perfección al que lo elevan propios y extraños está bastante lejos de la realidad. Gallardo es un gran líder, pero un ser humano de carne y hueso. Un director técnico con un alto porcentaje de aciertos, pero también con errores. Y pese a todo lo que ha logrado, aún tiene una deuda: lograr que su River sostenga en el tiempo el alto nivel futbolístico que supo alcanzar en momentos puntuales de su estadía en el club.

Con Gallardo, River volvió a pisar fuerte en el plano internacional.

Haciendo un repaso cronológico, cualquier analista llegará a la conclusión de que lo mejor del ciclo Gallardo a nivel juego se vio en su primer semestre, el segundo de 2014. En ese inicio, los nombres que salían a la cancha a disputar cada encuentro salían prácticamente de memoria: Marcelo Barovero en el arco; Gabriel Mercado, Jonathan Maidana, Ramiro Funes Mori y Leonel Vangioni en la línea de fondo; Carlos Sánchez, Matías Kranevitter y Ariel Rojas en el mediocampo; y Leonardo Pisculichi, Rodrigo Mora y Teófilo Gutiérrez en la ofensiva. Claro que esta disposición táctica tenía lugar solamente hasta el pitazo inicial del árbitro, momento en el que comenzaban los movimientos y las rotaciones constantes que hicieron de ese equipo uno de los más vistosos de los últimos años en el fútbol argentino. Todos jugaban, todos metían y todos llegaban al gol. Con un estilo rápido y directo y una presión alta asfixiante como premisa para recuperar la pelota muy pocos instantes luego de perderla, ese River voraz y avasallador marcó una enorme diferencia futbolística sobre sus rivales, sobre todo en la primera mitad del Torneo Final. En la segunda, con la lesión de Kranevitter y la inclusión de Leonardo Ponzio, el equipo perdió a su termómetro en la mitad de la cancha pero ganó en un aspecto que, visto en perspectiva, terminaría resultando uno de los más preponderantes para tanto éxito: el carácter. El Torneo se le terminó escapando a manos de Racing como consecuencia de su poco recambio, pero igualmente cerró el año con un título como la Copa Sudamericana que, si bien quizás no sea tan prestigioso por sí mismo, aquel año tuvo un valor enorme desde lo emocional como consecuencia de la vibrante serie de semifinales disputada ante Boca y de la triste noticia del fallecimiento de Ana, la madre de Gallardo, durante el transcurso de la misma.

En 2015, pese a ser el año en el que River se quedó el título hasta ahora más importante del ciclo Gallardo, el alto vuelo futbolístico mostrado anteriormente por el equipo comenzaría a disminuir. En febrero conquistó la Recopa Sudamericana ante San Lorenzo mostrando quizás los últimos resabios de aquel funcionamiento, con el agregado de la gambeta del nuevo refuerzo Gonzalo Martínez como carta para abrir partidos en los segundos tiempos. Pero lo cierto es que esto se trató tan solo de un espejismo, ya que a lo largo de la fase de grupos de la Copa Libertadores que terminaría ganando, el rendimiento del conjunto dirigido por el Muñeco, con una estructura casi siempre similar a la de 2014, estuvo lejos de ser el ideal. De hecho clasificó a la siguiente ronda de manera angustiosa, en la última fecha y gracias a la ayuda de un resultado ajeno. Para colmo, en el horizonte aparecía nada menos que Boca como el rival en octavos de final. Y por si el simple hecho de enfrentar otra vez al clásico de toda la vida en una instancia de eliminación directa en un torneo tan importante no era lo suficientemente complejo, a esto se le sumaba que el por entonces equipo del Vasco Arruabarrena llegaba como el máximo candidato a ganar la Copa, ya que había ganado los seis encuentros que había disputado hasta ese momento.  Para contrarrestar esta situación tan adversa, Gallardo decidió dar un “volantazo”: asumiendo su inferioridad con respecto de Boca en ciertos aspectos del juego, prescindió de Pisculichi y ubicó a Ponzio junto a Kranevitter en la mitad de la cancha (variante táctica a la que hasta ese momento nunca había apelado) mutando a un combativo 4-4-2 que distaba mucho de la ambiciosa disposición del inicio de su ciclo. De más está agregar que esta modificación le dio resultado, ya que pese al triste episodio con el gas pimienta protagonizado por los hinchas xeneizes que terminó decidiendo la suerte de la serie, River anuló completamente al equipo sensación del momento y, hasta el momento de la suspensión del partido de vuelta, estaba obteniendo justificadamente la clasificación.

19 años después, el Millonario volvió a ganar la Copa Libertadores

Ya en cuartos de final y tras la derrota en el partido de ida, llegaría el que probablemente haya sido el encuentro más emblemático de la era Gallardo: la impresionante victoria en Belo Horizonte ante Cruzeiro, un contundente 3-0 en el que el equipo volvió a su mejor versión futbolística, combinada con la férrea personalidad que había adquirido principalmente con la inclusión de Ponzio y la consolidación como líder de Maidana. Claro que no todo fue alegría, ya que en el receso previo a las semifinales River perdió a Teo Gutiérrez y a Rojas, dos hombres muy importantes para la fluidez de su juego (además de a Germán Pezzella, primer recambio en defensa). Afrontó con firmeza el tramo final de la Copa envalentonado por el envión anímico de su más reciente hazaña y, sin un funcionamiento ofensivo demasiado aceitado pero con la sorpresiva aparición de Lucas Alario como nuevo goleador, terminó consagrándose como campeón de América de forma inapelable.

En la última parte de ese año, el bajón en el rendimiento de River se transformó en algo indisimulable. Tras las partidas de Funes Mori y Fernando Cavenaghi (jugador que no tuvo demasiada participación dentro de la cancha en el ciclo pero de una ascendencia muy importante en del vestuario) y el viaje a Japón para sumar un nuevo título, la Copa Suruga Bank, el equipo nunca logró encontrar su mejor forma en el torneo local y terminó encadenando una serie de partidos muy flojos que lo hicieron finalizar en la 9° posición. En aquel momento no se le dio demasiada importancia ya que todos los cañones parecían apuntar al Mundial de Clubes, certamen en el que enfrentaría nada menos que el Barcelona de Lionel Messi, Luis Suárez y Neymar. Llegado diciembre la situación no cambió en lo más mínimo, tal es así que los de Gallardo debieron sufrir hasta el final para vencer en las semifinales al Sanfrecce Hiroshima con Barovero como figura, y sufrieron una dura derrota por 3-0 en manos del conjunto español en la final en un partido sin equivalencias.

2016 sería una especie de año de transición para River. A las ya mencionadas partidas de Gutiérrez, Rojas y Funes Mori se sumarían las de Barovero, Sánchez y Kranevitter de cara al primer semestre y las de Mercado, Vangioni y Pisculichi a mitad de año. En total, nueve jugadores titulares del equipo base. Gallardo se vio obligado a hacer una profunda reestructuración en el plantel: caras nuevas como las de Andrés D’Alessandro e Ignacio Fernández comenzaron a verse muy seguido entre los once titulares, y juveniles como Sebastián Driussi, Emanuel Mammana y Augusto Batalla (con rendimientos dispares) tuvieron cada vez más participación. Otros refuerzos, como Nicolás Bertolo, Tabaré Viudez, Nicolás Domingo y Joaquín Arzura, nunca lograron asentarse. En ese contexto, los dirigidos por el Muñeco nunca lograron transformarse en un equipo realmente competitivo. Terminaron cayendo en octavos de final de la Copa Libertadores ante el sorpresivo Independiente del Valle y firmaron otra muy floja performance a nivel local, tal es así que se vieron obligados a ganar la Copa Argentina ante Rosario Central para quedarse con el último cupo disponible para participar del certamen internacional el año siguiente.

De cara a 2017, el plantel no sufriría cambios sustanciales más allá de la ya sabida partida de D’Alessandro y la vuelta de un viejo conocido como Rojas. Con lo que tenía a su disposición, Gallardo lograría que River tenga el que probablemente haya sido el segundo mejor semestre futbolístico de su ciclo por detrás de aquellos maravillosos meses finales de 2014. “Pity” Martínez y Driussi se consolidaron definitivamente como titulares formando un trío de ataque realmente temible junto a Alario (con Mora siempre listo cuando se necesitó de él), Fernández y Rojas le dieron al equipo el volumen de juego del que tanto había carecido recientemente respaldados por un Ponzio cada vez más maduro, y el juvenil Lucas Martínez Quarta apareció como un muy buen compañero de zaga del siempre confiable Maidana. La mejora en el juego fue notable, y el Millonario encadenó una serie de triunfos que lo hicieron pelear hasta el final de forma impensada el campeonato que finalmente se quedaría Boca. Algunas lesiones, partidos flojos varios errores de su arquero Batalla resultaron factores negativos preponderantes en ese sprint final que lo hizo finalizar en la segunda ubicación.

Pese a quedarse sin vuelta olímpica, el conjunto dirigido por Gallardo seguía firme en el objetivo más importante que se había trazado de cara al segundo semestre: la Copa Libertadores, que había cambiado su formato y ahora se jugaba a lo largo de todo el año. Ya en octavos de final y pese al desafortunado caso de doping en el que se vieron involucrados Martínez Quarta y Camilo Mayada y la ya confirmada partida de Sebastián Driussi al fútbol ruso, en el mundo River reinaba el optimismo tras las contrataciones de varios hombres de experiencia como Enzo Pérez, Ignacio Scocco, Javier Pinola y Germán Lux. Sin embargo, en los últimos días del mercado de pases llegó una oferta del Bayer Leverkusen alemán por Lucas Alario, quien decidió partir y dejar al equipo sin goleador en un momento más que inoportuno. A partir de allí, el entrenador comenzó a improvisar una formación con muchos volantes y Scocco como única referencia en la delantera, elección que salvo ocasiones puntuales -como el 8-0 ante Jorge Wilstermann en cuartos de final- nunca logró traducirse en buen funcionamiento. Muchos futbolistas parecían intentar cumplir roles similares y terminaban anulándose entre sí, mientras que el peso en el área rival resultaba prácticamente nulo. Pese a esto el equipo avanzó a los tumbos hasta las semifinales para enfrentar a otro club argentino, Lanús, que le propinaría el golpe más duro de estos tres años y medio. Esa derrota por 4-2 en La Fortaleza tras haber ganado por 1-0 en el Monumental caló muy hondo en el aspecto emocional, no tanto por el resultado en sí sino por la forma en la que se dio, luego de haber llegado a estar tres goles arriba de su rival en la serie. La Copa Argentina ganada días después ante Atlético Tucumán no resultaría consuelo suficiente.

La decepción fue inmensa y la sensación de inseguridad de cara al futuro, más grande aún. La fortaleza anímica y el carácter, aspectos en los que el River de Gallardo siempre sintió que podía apoyarse en momentos de debilidad futbolística, hoy se ven más difusos que nunca. De cara a este 2018 que el Muñeco afrontará con nuevos jugadores de jerarquía en el plantel como Lucas Pratto, Franco Armani, Juan Fernando Quintero y Bruno Zuculini, el objetivo es claro: volver a las bases, lograr un funcionamiento óptimo que pueda ser sostenido en el tiempo y a partir del cual se pueda volver a pelear por cosas importantes. El desafío consiste en, por primera vez en el ciclo, jugar bien al fútbol con continuidad.

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