Sueños que no

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La representación corresponde a KrisKat.

Cuento corto escrito por Nicolás Perdomini (@NPerdomini).

El viejo ‘Panfleto’ habitó el mundo durante 80 años. Su rutina diaria de jubilado solía ser conocida por cada vecino del Barrio San Martín. Despegaba de la cama alrededor de las 5 de la mañana, se preparaba un café bien espeso como su bisabuela María le había enseñado, leía libros sobre Filósofos que sólo a él le interesaban y a mitad de mañana salía a pasear a ‘Chicho’, su amigo de estatura mediana que estaba cubierto con un gran pelaje negro acompañado de algunas que otras canas propias de su edad. Vaquero oscuro, camperita tejida a mano por su madre, boina, cigarros y a caminar.

En el retorno a casa solía realizar una parada técnica en el parque de la esquina. Allí se sentaba en su banco, un banco que no llevaba su nombre ni tenía una constancia por escrito. Pero cada habitante del barrio sabía que ese era el banco del viejo Panfleto. Allí se lo solía ver durante largos minutos contemplar un pedazo de papel desgastado que vivía en su bolsillo izquierdo. Siempre fue muy difícil de comprender como es que pasaba tanto tiempo mirando algo que cualquier persona común lo haría en minuto o minuto y medio.

En el otoño del ‘52 la incertidumbre se hizo dueña de cada rincón de aquel vecindario de la zona sur de la ciudad. Se comentaba en las panaderías, en las carnicerías, en las pollerías y hasta en la única florería de la zona. No había caso. Por primera vez en muchos años nadie, ni siquiera algún jovencito travieso en bicicleta, había visto durante semanas a Panfleto.

“Está internado en el hospital céntrico”, había contado un amigo que oyó de pasada los chismes que circulaban en la vereda de una casa.

– ¿Enserio? ¿Qué le pasó?
– Y… está grave, che. Cáncer de pulmón.
– ¡Que mala suerte, la puta madre!

En aquella casona, típica de familia numerosa y un poco venida abajo, sonaba de fondo una radio a todo volumen que transmitía una publicidad sobre la llegada de la Fórmula 1 a Argentina en febrero de 1953. Buscaban cautivar al público para que compre sus entradas con anticipación. Manifestaban que había que apoyar a Juan Manuel Fangio en su tierra natal.

A fin de año las malas noticias llegaron al barrio: El viejo no había podido con la enfermedad. El 23 de diciembre de 1952 fue enterrado junto a su panfleto arrugado. No sin previamente haber sido leído ante los presentes por Norberto, su gran amigo.

De manera calma y pausada comenzó a darle voz a las palabras:

“Escrito en 1890. Carta a mi yo adulto.

Algún día se me va a dar. Algún día voy a cumplir mi sueño. Leeré este papel hasta el último día de mi vida y en ese último día sonreiré y diré: “Lo logré”. Mi yo joven le promete a mi yo adulto que algún día voy a ir a ver la Fórmula 1. Tranquilo. Vendrá al país y esos motores rugirán frente a mis narices. Acto seguido, miraré al cielo y se lo dedicaré a mi viejo. Voy a cumplir mi sueño. Nuestro sueño. Lo sé.”

El legado que continúa

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