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Es de madrugada y sigo sin poder pegar un ojo luego de lo que fue el golpe dado por Croacia que nos dejó prácticamente nocaut y con un pie afuera del mundial. 

Escribe Gabriel Gómez (@GomezGabi21)

Para empezar con un orden cronológico se me hace inevitable no volver al campeonato del mundo que se jugó en Brasil. Allá por 2014 un grupo de fracasados nos llevó a jugar una final del mundo después de 24 años. Por primera vez en mi vida me tocó vivir lo que tantas veces me tocó oír de la boca de mi papá, mi tío, mi abuelo, mi mamá y otras tantas personas que me contaron sobre sus lindas experiencias vividas en el ‘78 y ‘86.

Sin dudas que el final no fue el esperado y que el destino nos dio un cachetazo que nos devolvió a la realidad. ¿Qué realidad se preguntarán? Aquella que se vivía por la Asociación del Futbol Argentino (AFA), que luego de la muerte de Julio Humberto Grondona se transformó en una bomba a punto de estallar.

Alejandro Sabella daba el portazo y dejaba su cargo como técnico. Su lugar iba a ser ocupado por Gerardo Martino, “el técnico de moda” para algunos inadaptados que ocupan un lugar importante en los grandes medios. Nosotros, como pueblo argentino lleno de exitistas que somos, le exigíamos un recambio para la Copa América de Chile 2015 porque no estabamos a gusto con los fracasados que llegaron a una final del mundo, pero Lionel Messi y “su banda de amigos” seguían vistiendo la camiseta argentina. Se llegó a una nueva final y la esperanza renacía, pero a la copa la volvimos a mirar en manos de otros.

Sorpresivamente se usó la lógica y Martino siguió al mando para jugar las eliminatorias y la Copa Centenario en Estados Unidos 2016. Prometí no ilusionarme porque estaba cansado de frustraciones, pero fallé ante esa promesa como todo futbolero fanático, supongo yo. Llegamos a una nueva final. La tercera tenía que ser la vencida, pensaba. Desgraciadamente volvimos a chocar contra un paredón.

Me invadía la tristeza, la misma que me invade mientras se me escapan estas líneas, porque además de perder una nueva final Messi anunciaba que dejaba la selección. El pecho frío que caminó las finales, que se cagó, que se escondió porque no siente la camiseta nos dejaba y allí más de uno se dio cuenta que sin él no éramos nada, un equipito del montón. La AFA se venía abajo por los dirigentes inoperantes que, como hacen en la actualidad, buscaban hacer negocios. Y si ya eran pocos los quilombos que tenían esta generación se sumaron otros asuntos más: 38 a 38, intervención de la FIFA, “Chiqui” Tapia presidente, Messi afuera, Edgardo Bauza adentro y resultados negativos.

Pero todo quedó en el olvido cuando se dio la noticia más esperada: Messi volvía y nuevamente aparecía la ilusión. Sólo por un jugador.

Las eliminatorias transcurrían, pero Argentina no encontraba el camino. Chau Bauza, hola Jorge Sampaoli. Últimas dos fechas al borde del abismo y de la catástrofe mundialista pero apareció el enano español y nos clasificó a Rusia, sin merecerlo y sin una idea de juego. Los jugadores se lo dedicaban a los “putos periodistas” que muy enojados y ofendidos respondían a través de sus programas de televisión, radio o medios gráficos, como para no perder la costumbre y demostrar aún más la decadencia de la profesión en el país.

Esperaban el fracaso para terminar de matar a esta generación que lo único que hizo fue darnos de comer mierda –como bien mencionó Javier Mascherano después de perder la última final- esa mierda que tanto necesitábamos, mierda por la que esperé toda mi vida pero que al final se nos escurrió entre las manos.

Hoy estos fracasados están muy cerca de pegar la vuelta en primera ronda y de alejarse finalmente de la selección. Reclamarnos por una falta de proyecto como tienen España o Alemania ya no tiene sentido, tampoco lo tiene buscar culpables o señalar al amargo de Messi que jugó mal contra Croacia, mucho menos entrar en la estúpida comparación entre Leo y Diego. Lo que si es necesario es elegir de qué lado estar, si ser un pobre mediocre que busca enfocar todos sus fracasos en veintitrés (23) pibes que corren atrás de una pelota para tratar de darnos una alegría a este país que tan pocas ha tenido en estos últimos años, o sentarse en la vereda de enfrente y masticar este veneno amargo.

En medio de tanto sentimiento confuso yo elijo apoyar: A estos jugadores, a este cuerpo técnico, porque está muerto quien no da pelea y si tengo que morir que sea con las botas puestas dando batalla. Si me preguntaban horas después de terminar el partido; no encontraba consuelo y ya había perdido toda esperanza. Sin embargo, a estas altas horas de la noche a lo lejos veo una pequeña luz de ilusión y a ella quiero aferrarme, aunque el final parezca anunciado y tal vez sea necesario para terminar de derrumbarnos y comenzar de nuevo. Al menos yo me niego a aceptarlo hasta que no exista ninguna chance de seguir.

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