Arte Conurbano: Parte 1 – Tinto Martín

Arte Conurbano: Parte 1 – Tinto Martín

2 junio, 2019 0 Por Victoria D'Ambrosio

Tiene 24 años, vive en Temperley y sus ojos brillan al hablar de música y poesía. Mientras se gana la vida trabajando en una dietética, sueña (y proyecta) con poder vivir de lo que le gusta.

Martín Hiriart, también conocido artísticamente como Tinto Martín, es cantautor y poeta, estudia en la Escuela de Música Popular de Avellaneda (EMPA), cuando lo invitan o encuentra un huequito, recita poesía en algún evento autogestivo y actualmente está trabajando en un proyecto musical solista, en paralelo a su banda de siempre a la que le pone su voz desde hace ya 3 años: “El viaje de Jim”.

Quedamos en encontrarnos en Café Dalí, un café emblema en Lomas de Zamora. Llegó puntual. Cuando me acerco a la puerta del lugar, lo veo caminando por la vereda de enfrente acercándose con una bolsa en la mano. “Perdón, aproveché y fui al chino de acá a la vuelta a comprar unas cosas”, manifiesta. Habla despacio pero fluido, con su voz y su lenguaje corporal transmite una sensación muy cálida, muy tranquila. Cuando cuenta sobre sus proyectos se emociona, se lo siente más exaltado, apasionado, pero siempre conserva una paz que contagia, que lo caracteriza. Nos sentamos y se pide un café cortado, me dejó muy amablemente las dos masitas que trajo el mozo. Le digo que, si bien es una entrevista, se lo tome como una charla descontracturada. “Es la primera entrevista que me hacen, qué lindo que hayas pensado en mí para ser parte, es muy grato que te reconozcan por lo que hacés”.

A la hora de preguntarle si dejando de lado la música y la poesía tiene algún hobbie quedó perplejo, pensativo, es que su mundo gira alrededor del arte. Después de unos segundos se le iluminan los ojos: “Me gusta leer sobre historia, y la jardinería, es relativamente reciente pero siempre me gustó, amo regar, me baja un cambio cuando estoy muy acelerado, salgo, voy al patio y me centro en las plantas”.

Oriundo de barrio Belgrano, vivió por varios otros. Su infancia pasó por Villa Urquiza, San Justo y Pilar, ya entrando en la adolescencia se mudó con su familia a Adrogué, barrio por el que tiene un cariño especial, Martín pertenece ahí. Y si bien actualmente reside en Temperley con dos amigos y compañeros de banda, no es casual que sienta más afinidad por la ciudad cabecera de Almirante Brown: fue allí donde comenzó a forjar su camino con la música a fines de 2013, teniendo como sala de ensayos fija a “El árbol caído” lo que él denomina como “la cuna” de “El Viaje”, el lugar que los vió crecer, el lugar en donde entre amigos, fusión de ritmos varios y una pasión en común empezaba la vorágine de una vida muy ligada al arte.

– ¿Cómo fue que comenzó tu interés por el arte?

– Se fue dando solo, pero yendo a los inicios, me regalaron una guitarra a los 11/12 años, tocaba tres acordes porque en el colegio tenía música y con lo poco que me podía prestar atención el profesor, porque éramos muchos, aprendí esos tres acordes. Después, empecé a escribir porque como no podía tocar nada dije, bue, voy a hacer mis propias canciones, me voy a poner a escribir. Y justo pegó que en ese momento tuve una profesora de lengua re copada que daba poesía y a mí me copó mucho. 

– ¿¡Todo esto a los 11 años!?

Si, pero empecé tranqui tocando la guitarra. 

– No, bueno, pero yo a los 11 años jugaba a la play y escuchaba Montaner, por eso te digo.

– ¡No, pero pará! yo escuchaba… qué se yo, cosas que capaz todavía hoy escucho y hasta te puedo cantar un par de canciones porque no soy de esos que cortan con su pasado musical. He escuchado Sin bandera, La ley, ese estilo de bandas. Pero nada, después con el tiempo fui a un profesor y lo dejé porque soy un pajero básicamente. Bah, no me gustaba lo que me daba el profesor. No sé lo que quería en ese momento, era un adolescente contrariado, quería tocar la guitarra, pero no quería al profesor.

– ¿Y cómo fue que empezaste a cantar en El Viaje?

– Estuve años y años tocando canciones con internet en mi cuarto, que eran como sesiones que hacía para mí solo y, obvio, para mi familia que me escuchaba. Tocaba canciones que anda a saber cómo me salían, en mi cabeza estaban buenísimas, pero en realidad era yo gritando como un perro. Y nada, eso, en algún momento subí unos videos y de repente me habló por Facebook la hermana de Joaco (guitarrista) para decirme que la banda del hermano estaba buscando un cantante y para mí fue bárbaro, le dije que si al toque. Y fui. Esa vez ensayamos en Estudio Quinto en Adrogué y pegamos onda.  A la semana tocamos en El viejo correo (Temperley). Una semana de práctica… apenas cantaba, menos técnica (ríe) y bueno, ahí empezamos a armar una banda… bata, bajo, voz y viola.

– Tuvieron muchos cambios también…

Si, tuvo cambio de personas, después se fueron agregando. Igual con esa formación llegamos a tocar en nuestro querido Árbol, y con el tiempo fuimos conociendo a pibes de otras bandas que también tocaban ahí, pibes jóvenes y pegamos onda, y a través de los ensayos abiertos se armó una fecha que se llamaba “Viaje a la pendiente marciana” con nosotros tocando, “La pendiente” y “Los niños de marte” (también de zona sur).

“En su momento fue fantástico. Éramos adolescentes que de repente por una noche eran partícipes de una movida re linda y nos re cebaba. Los amigos del baterista que teníamos en ese momento nos venían a ver siempre y era un: que bueno que haya gente que nos venga a ver. Estábamos re fanas de Jim Morrison (por eso “El Viaje de Jim”) y era cómo fumar un porro, escuchar los Doors y flasheabamos que éramos rockers.”

– Sé que antes tocaban covers, ¿cómo fue que empezaron a escribir su propia música?

– Pasa que yo ya tenía cosas armadas, y se las fui mostrando. Era como “mirá, tengo esto” Eran cuatro acordes chotos. Venía Joaco y los arreglaba. Inclusive hay canciones de ese momento que todavía tocamos. “Acantilado” es de 2013, “Gira la rueda” también, ya no la hacemos mucho, pero la escribí cuando pasó el accidente de once. Estaba en la facultad prestando mucha atención (ríe) y me puse a escribir. Es su momento la letra era muy larga, la tuvimos que cortar. Pero sí, al principio lo escribí como un poema, se fue dando solo.

– ¿Cómo definirías el estilo que tienen?

Muy variado. No estamos sujetos a un género en particular. Todos tenemos influencias muy distintas. Tomi (saxo) es muy jazzero, el negro (batería) en su momento era muy del palo del folklore, Charito (segunda voz) mucho pop y Lichi (bajo) escucha mucho bossa. Capaz con Joaco (guitarra) y con Marcos (teclado) congenio más, que escuchan un poco de todo. Es como que no hay un estilo fijo. Lo que nos caracteriza es que vamos variando. Es como un bricolage.

Hoy en día no tiene mucho sentido sacar un disco. Es como que el mercado se maneja con una canción, un EP, sacar una canción, un video, largarlo de a poco… ahora se consume todo muy rápido”

Actualmente junto con su banda están trabajando en una canción. “La grabamos hace como un año y pico. La estamos tratando de resucitar, sobre todo Joaco y Marquitos que están poniéndole mucho laburo”

– Tenés una impronta muy particular a la hora de cantar ¿estudiaste canto?

– Si, voy a canto con un chico que se llama Lucas Camejo (Cantante de “Contra todos los males de este mundo”) que es un sol. Voy súper enculado y vuelvo con una energía re piola. Estás ahí y el tipo te enseña ejercicios de relajación, a cantar, a respirar, te escucha como si fuera un psicólogo, te ceba unos mates… todo en una hora, en una hora te vas renovado y con data en la cabeza. Ahora que lo pienso, él es como un referente para mí. Me enseña a armonizarme con todos esos jeites que yo tengo, me sirvió, al principio engolaba mucho, ese fue el primer problema que tuvimos que superar.

– ¿Tenés un momento en el que decís “bueno, me voy a sentar y me voy a poner a escribir” o sale más bien natural?

– No, eso me re cuesta. Pero lo hago, porque trato de que sea un ejercicio. Me pasa más con la prosa… me re gusta escribir en prosa y me re cuesta porque tiendo a que todo tiene que ser inmediato, fácil, extenso y no, capaz escribí dos carillas y me gusta sólo un párrafo. Y si es algo más lírico trato de buscar algo que juegue con la fonética o con el fraseo de las palabras, es como un juego, trato de que lo sea.

 – ¿Te considerás autoexigente?

Autoexigente sí, pero también me considero poco constante, entonces es como que choca. A veces me odio igual (ríe) depende cómo esté de autoestima. Si ando medio medio es como “uy que cagada esto que estoy haciendo” (ríe)

Martín trabaja en una dietética, y espera algún día laburar de Músico. Por el momento, su actual trabajo -al que él considera un tanto bohemio- le rinde. “Laburar acá me permitió mudarme, laburo pocas horas, estoy en blanco -que hoy eso es un montón-, estudio y hago las cosas que me gustan. En cierto punto vivir de esto era mi plan b. Al principio arranqué Ciencias de la Comunicación en la UBA, después me metí en audiovisión en la UNLA porque dije ‘bueno, si no es con la música por lo menos puedo estar del otro lado, en un estudio o haciendo sonido en eventos’. Después dije ‘ya fue, me la voy a jugar’ y acá estamos”.

– ¿Qué tan importante consideras que son las movidas culturales para darle visibilidad a los artistas?

Es re importante. La autogestión es todo para el under, si no hay autogestión no hay artistas nuevos.

Mientras charlamos un poco de la vida, me cuenta que no le interesa el fútbol, está desencantado. “El background que tiene, la mafia, la violencia, todo lo que conlleva me parece una porquería”.

De repente sonríe, “Se me vino un recuerdo muy lindo de mi abuelo, va, en realidad era el esposo de mi abuela: cuando era chico me sobornaba dándome caramelos para que sea hincha de Boca, y bueno, terminé siendo hincha de Boca”.

– Hablemos un poco de tu proyecto musical solista: ¿tenés en mente sacar un disco?

Estoy en eso. Por el momento subí dos canciones a Youtube que las grabé yo en casa, muy croto… pero ahí están. Hay unos pares de video en la nube.

Osea que si alguien quiere escucharte te tendría que ir a ver.

(ríe) Sí, básicamente. Me falta constancia. Pero estoy en eso, grabé un par de maquetas y estoy laburando con Joaco, con Marcos y Con Pili, que es una chica que toca en “La Rumbadera” y ahora en “Tía Picha”. Una vez me escuchó en Espacio Asterisco, me agarró y me dijo “Quiero producir tus canciones” y fue como, sí, de una. Así que nada, me está ayudando y va a ser parte del disco cuando salga. Va a tener 6 canciones y me puse como meta que salga en agosto.

– ¿Qué diferencias encontrás entre lo que vos haces como solista y lo que haces con El viaje de Jim?

La simpleza y la sensación que busco lograr. Me armo de mis limitaciones quizás para usarlo a favor. Qué se yo, hay canciones mías que tienen 2 acordes y de repente son (re) pogueras. Me gusta jugar con esa simpleza. Lo que hago como solista es más personal, hay muchas canciones de amor o desamor, anecdóticas, irónicas. Cosas que con El viaje no hago, porque es un poco más formal. Lo mío es más como, tengo esto para ofrecer, si movés la cabeza o los pies, buenísimo.

“Tengo altibajos… a veces digo ‘por qué no elijo tener un anonimato total y me voy, no sé, a Córdoba, y vivo tranquilo’ pero es lo que me sale, no lo puedo evitar. Vaya a donde vaya, elija la vida que elija, seguramente termine tocando la guitarra o escribiendo algo”

– Contame un poco sobre tu relación con la poesía

– Con la poesía fue como un canal personal en su momento con el cual pude empezar a expresar cosas que me pasaban. El primer romance y escribirle a una chica que me gustaba una poesía cuando tenía 11 años, también volcar las cosas tristes, tuve un padre ausente… fue una forma de hacer catarsis.

Martín estuvo desde siempre conectado con la poesía. Al nivel de que cuando estaba en primaria y se jubiló su directora le escribió un poema, una profesora lo leyó y le dijo que debía leerlo en un acto. “Me han pasado cosas así. Fui a un colegio de curas, y un día falleció uno de ellos, me había afligido mucho y de verdad necesitaba sacarlo, y estaba en medio de una prueba de biología que no había estudiado nada, no sabía una mierda, entonces me puse a escribir. El profesor se dio cuenta y cuando vino a ver qué pasaba le comenté que estaba medio angustiado y que necesitaba escribir sobre lo que había pasado. Fui medio zorro ¡zafé! lo conmoví y me dijo que no haga la prueba.