Bienvenidos al tren

Black Mirror, el periodismo, las redes sociales y el morbo que hay en ellas. 

Black Mirror es una serie que gira en torno a cómo la tecnología afecta la vida de las personas hasta incluso llegar a sacar lo peor de ellas. Si la tecnología es una droga, ¿cuáles son, entonces, sus efectos secundarios? Esta área entre deleite e inquietud es donde se ubica la serie. El espejo negro del título es el que se encuentra en cada escritorio y palma de la mano: la pantalla fría y reluciente de los monitores y los teléfonos inteligentes” comentó el productor Charlie Brooker en su lanzamiento.

“The National Anthem” (El Himno Nacional), fue el primer capítulo y empezó planteando la siguiente problemática: la princesa británica Susannah es secuestrada y la única condición que pone el raptor para dejarla en libertad es que el Primer Ministro tenga relaciones sexuales con un cerdo y que dicho acto sea transmitido en directo. ¿Hasta dónde llega tu curiosidad? ¿Serías capaz de verlo? A partir de allí, las redes sociales ocupan un lugar fundamental.

El poder que tiene Internet para transmitir información es enorme. En plataformas que reúnen cientos de millones de usuarios cualquiera puede subir un vídeo a YouTube en minutos, escribir un artículo crítico, utilizar Facebook y/o Twitter para dar una opinión, subir fotos personales a Instagram, entre otras cosas. La viralización es casi instantánea, en segundos todos están enterados del tema de moda. La agenda del día ya no la fija el medio de comunicación sino que ahora el poder lo tiene el usuario.

El darle el papel de protagonista a la sociedad (muchos académicos hablan de un periodismo ciudadano) es riesgoso. Nadie verifica el contenido que circula en la Web ni en las redes sociales. Esto permite que la información se propague de manera errónea (las llamadas Fake News), con tintes sensasionalistas causando morbo en el seno social. ¿Estamos listos para diferenciar una buena información de una mala? ¿Estamos listos como sociedad para tener ese poder?

El Primer Ministro debe tomar una decisión. Las redes sociales se llenan de opiniones a favor y en contra. El “debe hacerlo” y el “si lo hace es repugnante” invaden la opinión pública. Muchos no saben cómo reaccionar, opinan desde su punto de vista sin empatizar con él y creo que ese es el mayor problema que hay en las redes sociales: la falta de empatía hacia el otro. Cualquiera, amparado en el anonimato, puede decir cualquier cosa sin importar quién está detrás de la pantalla. El morbo se retroalimenta y uno incursiona en la red social para opinar acerca de eso. Poco importa si conoce o no el tema, la cuestión es tener una creencia formada.

“Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos rápidamente eran silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles”, criticó el escritro y filósofo Umberto Eco.

Pero ¿qué hacemos? ¿Nos subimos al tren de la tecnología o quedamos aislados? Llegando al final del recorrido, el vagón pasa de largo la estación “Spoiler” y de fondo suena una canción de Bersuit que dice: “Mejor salí, ¿qué vas a hacer? No te quedés en casa porque si no te atrapa la pantalla”.

Jonathan Rosenberg
Jonathan Rosenberg

Periodista.

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