Cine: La incomodidad de lo que no esperamos

¿Por qué nos parece raro que cuando una película tiene un final “abierto” o “triste” no nos gusta? Generalmente se habla de si gustó o no, si es buena o mala, pero no de lo que genera en las personas. 

El mundo del cine nos ha dado grandes alegrías, y por qué no, tristezas y demás emociones. Personalmente creo que si una película es lo que el espectador espera que sea, no cumple su función. Esta tiene que generar un espacio de reflexión en la persona que la ve, o mejor aún, una incomodidad, algo que nos “haga ruido” y permita romper con algo que esté establecido en nosotros. Cuando esto se logra, creo que puede decirse que se ha acertado.

¿Por qué nos parece raro que cuando una película tiene un final “abierto” o “triste” no nos gusta? Si justamente lo que no nos gusta no es el final en sí, sino que no cumplió con el final que nuestras expectativas crearon. Por ejemplo, (alerta spoiler: si la película la dan en TCM o en Canal 13 el domingo a la tarde, ya no es spoiler), películas como La boda de mi mejor amigo (My Best Friend’s Wedding, 1997) o incluso Titanic (1997) nos han desilusionado con sus finales no tan felices (como si en la vida real así lo fuese siempre). Un ejemplo más actual de esto es Lady Bird (2017), de la cual se han dicho maravillas pero, casualmente, su final abierto nos desconcierta. Podría decirse que proyectamos en las películas aquello que no pasa en la vida real, pero también nos generan una especie de falsas esperanzas que no son lo común. Por supuesto que sería lo mejor y más feliz que Julia Roberts hubiese podido impedir la boda y casarse finalmente con su mejor amigo o que Leonardo DiCaprio se suba a la tabla con Kate Winslet. Pero justamente, eso es lo que esperábamos, lo que nosotros como audiencia pretendíamos. Y que no nos lo hayan dado nos enoja, ¿pero por qué? ¿Acaso siempre todo termina bien?

Es mucho más fácil ir al final feliz y pochoclero de Si tuviera 30 (13 Going On 30, 2004), de Mujer Bonita (Pretty Woman, 1990) o de Flashdance (1983), en los cuales todos terminamos contentos y saciados porque sus protagonistas son felices (lo que no quiere decir que esté mal), pero, ¿para qué? Si bien el cine es ficción y, sobre todo, el punto de vista de quien dirige las películas, es más que obvio que cala hondo en las mentes de cada uno de nosotros.

Continuando con las incomodidades, otro ejemplo muy bueno es El Ángel (2018). De por sí la película ya contaba con una gran publicidad detrás y generó mucha expectativa, pero ¿realmente cumplió con lo que la gente esperaba de ella? No. La mayoría esperaba encontrarse con un policial cargado de violencia, tiros, oscuridad, y se encontró con una película que, si bien tiene bastante de eso, basa su trama en la tensión sexual que hay entre sus protagonistas, Robledo Puch (Lorenzo Ferro) y Ramón Peralta (Chino Darín). Además, una cuestión importantísima de esta producción es el hecho de que la figura de Carlos Robledo Puch no se muestra como un villano asesino serial, sino como alguien que puede caerte bien o incluso alguien con quien podrías empatizar. Este es el punto: ¿cómo puede ser que salgo del cine y me cae bien un asesino serial? Nos parece inconcebible. Y sí, justamente, ahí se generó una incomodidad en nosotros. En la obra“Dialéctica de la Ilustración” (1944), más específicamente en el apartado “La Industria Cultual”, de Theodor Adorno y Max Horkheimer, se trata lo que ocurría en el cine de los años ’40, década en la que el fascismo inundaba gran parte del planeta. En este escrito, sostienen que en esa época, el cine funcionaba como un medio que ayudaba a mantener y legitimar el orden social del momento. Así, se recurría mucho a los clichés, y un ejemplo de esto era siempre caracterizar a los outsiders o villanos de la misma manera, para que los espectadores entiendan cómo tienen que ser y cómo no tienen que ser. Esta idea quedó totalmente asimilada en nuestras mentes y se sigue sosteniendo hoy en día, donde se nos resulta imposible poder empatizar con un villano.

Por último, también quiero meterme en otro hecho cinematográfico que suele criticarse: cuando se dice que cierto momento de la película es lento, aburrido o directamente ni tendría que estar. Para ejemplificar esto voy a utilizar la película que me dio el pie para pensarlo, Llámame por tu nombre (Call Me By Your Name, 2017). Se ha dicho bastante que la primera hora de la misma es muy lenta y que no es necesaria. Puede ser que a diferencia de la segunda hora, todo ocurra con menos rapidez y uno tienda a ponerse ansioso pero, repito, ¿acaso en la vida real todo es tan rápido? Esta primera parte de la película muestra perfectamente los encuentros y desencuentros, pensamientos, dudas, frustraciones, y demás que se dan entre dos personas. Escenas en las que Elio (Timothée Chalamet) escribe en su cuaderno que pensaba que Oliver (Armie Hammer) lo odiaba, o que lo mira bailar con otra mujer mostrando toda la frustración que eso conlleva son fundamentales para poder entender todo lo que ocurre después. Incluso, llegando al final hay una escena en la que Elio le pregunta a Oliver cómo fue que perdieron tanto tiempo, y este le contesta que le había dado señales que claramente se ven en esta primera parte que nos parece “innecesaria”, sólo porque vivimos en una época en la que queremos todo ya y si eso no se nos da en el momento que lo queremos, nos enojamos o decepcionamos.

Tenemos que tomarnos la costumbre de poder analizar qué es aquello que nos incomoda luego de ver una película, serie o lo que sea. ¿Por qué no nos gusta? ¿Por qué preferiríamos otro final u otra forma de mostrar la historia? Quizá aquello que no nos gustó nos ayuda a salir de nuestra zona de confort y así poder abrir nuestros horizontes hacia más comprensión, tanto de nosotros mismos como de los demás.

Daniela Pellegrini
Daniela Pellegrini

Estudiante de Comunicación Social.

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