El secuestro de Di Stéfano en Venezuela

El entramado político y propagandístico que sufrió Alfredo Di Stéfano, uno de los mejores futbolistas de la historia.

En 1963, mucho antes del furor “Vinotinto”, Venezuela irrumpió en el escenario futbolístico mundial. Lo particular es que no fue precisamente por acciones dentro de un terreno de juego, sino por el secuestro del mejor jugador del mundo de ese momento, Alfredo Di Stéfano. La “Saeta Rubia” estuvo cautivo durante 57 horas en manos de una pequeña célula de las Fuerzas Armadas Liberación Nacional (FALN).

En plena Guerra Fría, los guerrilleros de izquierda estaban urgidos de hacerse notar y el camino que idearon para ello fue planificar una ola de plagios, el más famoso de todos el de Di Stéfano.

Durante la tiranía de Marcos Pérez Jiménez se hizo costumbre en Venezuela la presencia de grandes equipos del fútbol internacional, que se enfrentaban en lo que se llamaban pequeñas copas mundiales de clubes, las cuales se realizaron entre 1952 y 1957.

En 1958, y a la caída del dictado, se interrumpieron estos eventos hasta que en 1963, durante el gobierno de Betancourt, se reeditó la experiencia con un triangular internacional en el que tomaron parte Porto, São Paulo y el por entonces mejor equipo del mundo, el Real Madrid de Ferenc Puskás, Paco Gento y por supuesto el más famoso de todos: Alfredo Di Stéfano. El Madrid había acudido allí a jugar un torneo que por aquel entonces alcanzó celebridad, llamado Series Mundiales de Caracas, popularmente conocido como Pequeña Copa del Mundo. Reunía equipos europeos y sudamericanos, en un intento que recuerda la actual International Champions Cup de EE UU, más ambiciosa. Era un país beisbolero que ya se desvivía por lo que hacía Luis Aparicio en las Grandes Ligas, pero nadie desperdiciaría la oportunidad para ver un fútbol de alto calibre.

El martes 20 de agosto el equipo merengue inauguró el torneo en el que se disputaba el Trofeo Ciudad de Caracas y derrotó al FC Porto por 2 a 1 en el Estadio Olímpico de la Universidad Central de Venezuela (UCV).

Tres días después, la noche del viernes 23, los españoles caerían ante el fútbol alegre de los paulistas por dos goles a uno. Mientras los equipos estaban en el vestuario durante el entretiempo de aquel partido, se oyeron disparos fuera del estadio. El público, atemorizado, invadió el campo. Hubo heridos en la avalancha. Se tardó tiempo en recomponer la situación, pero al final se pudo jugar la segunda parte, que empezó con 45 minutos de retraso.

Los jugadores regresaron al Hotel Potomac, donde se hospedaban, comentando lo revuelto que estaba el país. El presidente, Rómulo Betancourt, había alcanzado el poder apoyándose en la izquierda, pero estaba gobernando en derechas y había revueltas.

Al día siguiente, apenas pasadas las seis de la mañana, sonó el teléfono de la habitación que Di Stéfano compartía con Emilio Santamaría en el hotel Potomac: Desde la recepción dos “agentes policiales” le exigían bajar a declarar en una investigación sobre narcotráfico.

El estelar madridista se lo tomó a broma y decidió no bajar, por lo que los sujetos armados subieron a la habitación y lo convencieron de acompañarlos. Aún asombrado por la presunta investigación que los ligaban con asuntos de drogas, Di Stéfano se marchó del hotel con los desconocidos, pero pidió a Santamaría que se comunicara de inmediato con la directiva del club.

Los presuntos policías eran en realidad guerrilleros, liderados por “El Comandante” Máximo Canales – alias de Paul del Río- y Luis Correa, este último participó en algunas de las más sonadas acciones armadas de las guerrilla en los años 60’s, pero siempre se las arregló para que su nombre no figurara.

Luego de abordar un vehículo que estaba estacionado frente al hotel, los guerrilleros le dijeron a Di Stéfano que se trataba de un secuestro y que no le harían daño, pues lo único que buscaban era publicidad para su causa.

Le vendaron los ojos y le pusieron unos lentes oscuros encima. Condujeron unos diez minutos hasta un apartamento en Sabana Grande, donde lo ocultaron mientras duró su cautiverio. Enseguida se recuerda el secuestro por los castristas, cinco años antes, de Juan Manuel Fangio en La Habana, liberado después del Gran Premio que se le impidió correr. Está claro que el FALN siguió paso por paso el manual de aquella operación, que le resultó rentable al castrismo.

A Bernabéu el asunto lo encontró pescando en Santa Pola, desde donde ordenó a Muñoz Lusarreta que siga punto por punto las indicaciones del embajador español, Matías Vega, que a su vez dispuso que todos los jugadores abandoran el hotel y pernoctaran en la embajada. Raimundo Saporta, que estaba en Lausana, voló a Madrid, donde prácticamente se instaló en el Ministerio de Exteriores, para seguir el proceso.

Años después, en una entrevista para el diario El Mundo, del Río aseguró que escogieron a Di Stéfano porque “era la figura más grande del mundo. No era un simple secuestro, fue una maniobra propagandística para que la opinión pública conociese nuestra lucha”.

En el pequeño apartamento de dos cuartos, cocina y un baño los guerrilleros se turnaban en grupos de tres para custodiar al futbolista, a quien trataron de hacer sentir cómodo, le dieron de comer varias veces pizza, pasta y hasta le brindaron arepas y cachapas.

Jugaban con él dominó y ajedrez, le suministraron periódicos y lo dejaron oír por radio el juego que el Real Madrid, que pese a lo delicado de lo ocurrido, había decidido jugar con el Porto.

En su afán por hacerlo sentir cómodo hasta le enseñaron a jugar caballos y en el cuadro de 5 y 6 que hizo acertó tres ganadores. Pese a estas “comodidades”, Di Stéfano resintió mucho no poder hablar con su familia, sobre todo con su hijo Alfredo, que ese domingo cumplía siete años de edad.

La policía política de la época (Digepol) prácticamente volteó al revés a Caracas pero no pudo dar con su paradero.

Luego de conseguir su objetivo mediático, los captores dejaron libre a Di Stéfano el lunes 26 de agosto, en la avenida Libertador, desde donde el futbolista tomó un taxi hasta la embajada de España donde al poco rato ofreció una rueda de prensa en la que aseguró que: “Me he encontrado a mí mismo envuelto en un asunto que nunca podía imaginar. Yo no soy político ni me interesa para nada la política de Venezuela, por lo que prefiero no tratar siquiera de averiguar por qué me han raptado”.

Durante la rueda de prensa Di Stefano identificó a dos de sus captores entre los periodistas presentes, pero no dijo nada en ese momento.

Pero al día siguiente hubo un segundo partido contra São Paulo, y Bernabéu insistió en que se quede y juegue, para honrar el compromiso y, en cierto modo, para demostrar que al Madrid no le amedrentaba nada. Así que Di Stéfano jugó. Aparece entre una ovación tremenda, pero jugó fatal, agotado, aturdido y sin reflejos, tras dos noches mal alimentado y peor dormido. Muñoz le sustituyó en el descanso. El partido acabó empate a cero y el São Paulo salió campeón. El Madrid renunció al compromiso de jugar en Bogotá, ante el Millonarios, por lo que iba a percibir 25.000 dólares. El contrato se resolvió amistosamente. Tras una declaración más ante la policía, Di Stéfano pudo por fin regresar. El jueves embarcó junto a sus compañeros con rumbo a Madrid. Llegó hasta la escalerilla del avión escoltado por un policía… ¡que también resultó ser uno de los secuestradores!. Este le dijo al oído: “Gracias, Alfredo. ¡Te portaste como un fenómeno!”.

El 27 de agosto el Comandante Canales envió un comunicado a los medios en el que reinvidicaba el secuestro y amenazaba con más acciones de ese tipo para “informar al mundo sobre nuestra lucha contra el actual Gobierno tiránico del presidente Rómulo Betancourt”.

Cuatro décadas después, del Río, un reputado escultor y pintor, se convirtió en director de un museo y Correa llegó a ocupar altos cargos en Pdvsa y otras instituciones gubernamentales.

Del Río, hijo de inmigrantes españoles nacido en La Habana, confesó al periodista Jaime López de El Mundo que antes de Di Stéfano tenían en la mira al compositor Igor Stravinski, pero la frágil salud de este los hizo replantearse la acción: “Pensamos que podría morirse, y nosotros sólo queríamos hacer ruido”.

Años después del secuestro, Paul del Río le mandó algunas de sus pinturas a Di Stéfano para tratar de compensar los malos momentos vividos, pero no se volvieron a ver sino hasta el 2005, en España, cuando se estrenó en el Santiago Bernabéu “Real”, la película que contaba los más famosos momentos de la vida del histórico club, uno de los cuales fue el secuestro.

“Ambos hicimos un trato: cerrar el capítulo, y no volver a hablar del tema. Creo que a Di Stéfano le ha perseguido toda su vida la historia del secuestro. Y yo no quiero contradecir al maestro”, rememoró del Río quien nunca recibió castigo por el secuestro. Diez años después lo capturaron, pero el delito había prescrito por ley.

El sábado 5 de julio de 2014 Alfredo Di Stéfano sufrió un paro respiratorio al salir de celebrar sus 88 años con un grupo de amigos. Dos días después falleció.

Paul del Río le siguió menos de un año después, el 4 de abril cuando murió de causas naturales en la ciudad de Caracas a la edad de 72 años.

Juan Zavala
Juan Zavala

Redactor.

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