Superclásico | Descubrir a Boca

Ese triunfo marcó un antes y un después en su vida. Cuento corto en la previa del Superclásico.

Parecía ser un día más en la vida de un chico normal de siete años, sin embargo, a tan temprana edad ya reconocía y palpitaba que esa noche había un partido importante, pero jamás se imaginó que tendría tanta magnitud y que lo marcaría para siempre. Uno nace y a las horas de vida ya tiene una camiseta puesta, o se lo identifica con algún equipo pero con el correr de los años decide si esa pasión crece o se queda diminuta como el tamaño de un recién nacido.

El 17 de junio de 2004 al Xeneize le tocaba visitar a River por la vuelta de las semifinales de la Copa Libertadores, las sensaciones previas a un superclásico de esta magnitud son inexplicables, pero hasta ese momento, pienso, que el jovencito aún no las había experimentado completamente.

Realizó su día como cualquier otro de la semana, se levantó temprano, fue al colegio y volvió a su casa para prenderse como una garrapata al sillón frente a la televisión para esperar el juego. Comenzó con la previa y la espera le fue contagiando ansiedad, un sentimiento único e inigualable, algo nuevo que se le aparecía en su vida, que lo preocupaba de momentos porque sentía que su corazón latía a mil por hora y un nudo se adueñaba de su estómago.

Baldassi, árbitro del encuentro, dio inició al partido, 90 minutos de pura emoción y sufrimiento, sobre todo sufrimiento porque aquella vez iba a ser la primera que no iba a disfrutar de ver a su equipo jugar. Comenzó la montaña rusa de sentimientos, la bronca por el gol de González, pasó a la alegría y plenitud con el empate y la gallinita de Tevez, y luego a la desolación con la ventaja de River.

A la hora de los penales fue puro padecimiento, el chico movía su pierna derecha sin parar de los nervios, pero tenía la suerte de compartirlo con su padre que intentaba calmarlo, esa noche más cómplices y compinches que nunca, Su madre miraba desde la cocina sin poder creer lo que estaba viendo, a tal punto de contagiarse la ansiedad. No hay muchos recuerdos de las expresiones en los primeros ocho penales pero si es clarísimo el de los últimos dos.

Abbonanzieri le tapó el penal a Maxi López, lo que provocó un salto y un grito descontrolado de la familia entera. Era el turno de Villareal y allí pudo sentir como su corazón por un segundo dejó de latir para luego acelerarse repentinamente cuando la pelota tocó la red. Eso generó quizá uno de los abrazos más profundos con su papá. Ese triunfo marcó un antes y un después en su vida, se le abrieron las puertas de un mundo hermoso en el que vivirá hasta el último suspiro, porque ese día descubrió lo que significaba Boca.

Gabriel Gomez
Gabriel Gomez

Periodista.

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